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Donde la locura alcanza su sentido

El sueño de los que no duermen

El sueño de los que no duermen

Cuando hablé de él, la nitidez en la cara de los allí presentes denotaba extrañeza. Quizás porque no acostumbraban a valorarlo como realmente ha merecido en unos últimos tiempos en los que la combustión de su vida había quemado más etapas que las de cualquier otro joven de su edad. No es que aparentase ser más mayor, es que directamente la ceguera se había apropiado del resto cuando su presencia se antojaba cuanto menos, posible. Y eso jode para alguien que no había perdido un sólo segundo en levantarse bofetada tras bofetada.

Pero cuando hablé de él, supe que evocaba a alguien que te invitaba a su casa a beber coca-colas mientras intentabas tragar algún dulce rocoso. La mezcla es difícil pero cuando el hambre agudizaba tras una tarde entera en el barrio, tu estomago se convertía en traidor de las causas lógicas. El perfume a gato era habitual. Normal cuando tras de tí corría una jauría que sólo buscaban un pequeño gesto de alguien desconocido para ellos. Sólo recordar aquello te hacía ver que salir del colegio ya no se convertía en cita obligada con el bocadillo de salchichón. Al menos, cuando él jugaba de portero, rompía guantes y presumía de su abuelo, siempre te quedaba ir a su casa para merendar. El resto, importaba poco.

Porque hablar de él implica hablar de los Caballeros del Zodiaco -y más concretamente de cisne-, de jerseis infames, de un pelo color castaño que nadie se atrevió a tildar de pelirrojo y de una seguridad pasmosa perdida que ahora intenta recuperar a cada gesto de reciprocidad.

Evocar su presencia es tener presente como joder el final de 'Arma Letal' a la salida del cine, es alucinar con Eddie Murphy en 'Superdetective en Hollywood' o rememorar gallos al son de los Héros del Silencio o de los Pirata. Pero si de su voz hablamos, nadie como él para imitar el sonido de las pistolas en dolby sorround.

Pero también es recordar a 'Martes y 13', queriendo siempre ser nuestra particular versión de Millán Salcedo. O es escuchar hasta la saciedad que te parecías a Jaime Urrutia mientras se peinaba ese tupe que ni siquiera a él le gustaba. Su pelo indomable siempre le permitió experimentos disfrazados con un toque de la sutileza que te otorga la gomina.

No olvides que mencionarle es ver frente a tí una adolescencia escondida entre mil y una compañías, es conocer el infierno de cuatro paredes que encierran tu espacio vital mientras sientes los escalofríos de la última planta de un hospital, es sentir el trago más amargo de unas drogas que alguien llama 'blandas' o es perder la horma de tu zapato en el camino más duro de tu vida.

Pero él volvió y ahora sólo le huelen los pies, eructa para sí mismo -con buena voluntad bajo su fuero interno-, valora el buen humor tanto o más como a él le han infravalorado el suyo y tiene esa extraña capacidad de enamorarse de quien no se lo merece. Mientras tanto, juega más que bien a periodista, guionista y artista; trabaja en lo que no le gusta para poder sacarse sus castañas de un fuego que ya desde pequeño comenzó a quemarle y empieza a encontrar lo que Huxley llamó un día mundo feliz. Si esto te parece poco, incluso sale sonriendo en las fotos. Yo, ante él, me quito el sombrero.

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