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Donde la locura alcanza su sentido

La última mueca de Ronaldinho

La última mueca de Ronaldinho

Cuando uno admira el fútbol como ente que sobrepasa todo razonamiento lógico, es disparatado no pensar en el futbolista como ese totem que se asienta en la supestructura. Generalmente, el jugador de fútbol no logra comprender el sentimiento como alfa y omega del aficionado a cualquier equipo. Más bien se erige como un trabajador de la pelota que, según el caso, debe unos inalcanzables sueldos a parar, defender, equilibrar o atacar. En algunos casos se convierte en un funcionario del balón, cumpliendo con su cuestionable responsabilidad, pero sin alardear de algo más que mereciese una propina. En otros, destellea con fútbol de seda como escaparate hacia cotas mayores y sueldos de parqué, que dan paso a una decadencia inmobiliaria traducida en una retirada espiritual hacia algún país donde el fútbol es más bien un elemento de burda propaganda gubernamental. A veces, el futbolista tan sólo vive sin sobresaltos y pasa sin pena ni gloria por la nómina de algún club al que besar el escudo.

Ronaldinho ha pasado por todas estas fases que, sin necesitar de cátedra para su estudio, no se alejan de la realidad futbolística que nos rodea. Llegó a un Barcelona triste en su forma y en su fondo. Sabedor de la importancia que su presencia tenía para la reconversión al cruyffismo alegre y salsón, el brasileño no se escondió ante unas responsabilidades que otorgaban tanto al club como al propio jugador unos beneficios netos traducidos en reconomiento y títulos, goles y besos, ego e impaciencia. Y llegó la confirmación de que aquel Barça en proceso de renovación había adquirido la madurez del reconocimiento en la temporada 2005-2006. Comandado por un puñado de geniales peones del gol y del sudor, y bajo la complaciente mirada de Frank Rijkaard, los catalanes alcanzaron unas cotas de éxito que curiosamente sirvieron como acicate del crimen deportivo que se perpetraría en los dos siguientes cursos.

Sin embargo, no fue hasta esta última temporada cuando Ronaldinho se autocolocó en el mercadeo futbolístico. Ese que disgrega para con los objetivos de tu equipo. El que parece permitir todo tipo de excesos y caprichos. Aquel que dispara contra el continuismo y el asentamiento de los proyectos a medio plazo. Ronaldinho ya no quería ser feliz en Barcelona ni hacer feliz al Barcelona y, por ende, hacer de sí mismo una caricatura anatémica de lo que algún día fue.

Buscó al Milan, ese equipo donde el cementerio de jugadores parece ubicarse en su estadio, San Siro: Rivaldo, Ronaldo y ahora Ronaldinho. El Barça encuentra en los italianos un perfecto lugar donde colocar a jugadores con un plan de jubilación simétricamente preparado. Aunque esta vez, al Milan, la barataria le ha salido por un ojo de la cara dada la fuerza con la que el Manchester City llegaba para dar natillas a Ronaldinho. Veinticinco millones de euros para ejecutar un plan de retiro que nadie sabe cómo acabará. La alegría llegó al Camp Nou un día de octubre del 2003 con un impresionante gol ante el Sevilla. Se apagó cuando se supo imprescindible. El Gaucho vuelve a sonreir, quizás sabedor de que con su marcha al Milan se cierra un ciclo en el que su figura ha estado ligada paralelamente al éxito y al llanto del Barça, Ahora, Milan huele a salsa, Barcelona respira, Laporta se frota las manos.

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