El modelo tenía un precio
La Champions League es la competición que marca no sólo la grandeza a la que un equipo aspira a rodear, sino también que da muestras del presente deportivo de clubes derrochadores, caprichosos, enajenados por codiciosos objetivos y borrachos de la gloria que jugadores y espectadores observan y disfrutan con la máxima competición de clubes que existe en el fútbol europeo. Los cruces de octavos de final han cristalizado sobre el terreno de juego el contexto que dibujan los grandes equipos continentales. Tendrán en la siguiente fase la corroboración de un buen trabajo realizado, una desarrollada planificación deportiva o la consolidación de un modelo asimilado.
Porque si hay un equipo que ha plasmasdo sobre el terreno de juego la mediocridad a la que se ha expuesto en las últimas fechas ese es el Real Madrid. Ahogado por una crisis institucional de la que creía haber salido con un buen puñado de victorias, enmarcadas la gran mayoría bajo el pragmatismo de su pegada, la eliminatoria ante el Liverpool no sólo ha demostrado las muchas carencias de quien se presume como el mejor equipo del mundo, sino que ha golpeado el corazón de una institución que tradicionalmente ha tenido en la Champions League su bálsamo a las múltiples convulsiones que ha sufrido. Europa es para el Madrid el perfecto escenario en el que plasmar la grandeza que engalana su sala de trofeos. Ahogado en el plano táctico, indisciplinado en la efectividad y auspiciado en su grandeza; esta eliminación demuestra su nula creencia que la propia plantilla tenía de su futuro en esta competición. Los de Rafa Benitez abofetearon el presente de un equipo que necesita la ventilación de las elecciones, la renovación de aires y la demostración de que un nuevo modelo deportivo, económico y social podrá devolver al Madrid a una grandeza denostada.
Precisamente, la Champions parece habe devuelto al Barcelona esa estabilidad emocional tan necesaria para los culés en su forma y en su modo. Acosados por la obligación de aunar victoria y excelencia, la filosofía culé se plasmó en su quintaesencia en el encuentro de vuelta ante el Olympique de Lyon. Acosado por las dudas generadas durante sus últimos partidos, el Barcelona logró respirar con el buen fútbol como axioma de su existencia. Ganó y convenció durante un primer tiempo sencillamente formidable. Rapidez, control, presión y eficacia. Iniesta ha vuelto a dotar a los culés de un equilibrio en el centro del campo que provoca la movilidad indescriptible de Xavi y la apertura de espacios de Messi. Así, los de Guardiola golearon a un equipo francés que sólo pudo contemplar el regreso del buen fútbol a un Camp Nou acosado por las dudas. Si el equipo ha retomado la senda victoriosa con el aplauso como reflejo exterior, a partir de ahora su único enemigo puede ser la ambición de verse con posibilidades de hacer un triplete histórico. Eso significaría la plasmación deportiva del cruyffismo como modelo de éxito, como modelo iniciado hace 20 años y que es tan estético y preciosista en su victoria como funesto y arollador en su derrota.
Pero si uno de los cuatro equipos que ha perdido la oportunidad de retomar un prestigio total ha sido el Atlético. Acosado por el miedo de la inexactitud en todo lo que rodea el dietario rojiblanco, la eliminatoria ante el Oporto suponía el acicate para demostrar que el proyecto abanderado por un crepúsculo de geniales atacantes podía servir de base para futuras ideas, hipotéticos títulos. Sencillamente, el Oporto era la oportunidad para medirse de frente a un equipo deportivamente similar a los rojiblancos, para ganar una eliminatoria a priori equiparada pero que en realidad ha dejado a unos rojiblancos expuestos a la inferioridad que hasta ahora no había atesorado en Europa. La ida puso de manifiesto que el Atlético se equivocó al leer el partido. En la vuelta, Abel privó al equipo de una predisposición más ofensiva al dejar a Forlán en el banquillo durante 63 minutos. Eso aires que el Madrid parece necesitar son también más necesarios que nunca entre su vecino. La diferencia es que el aire que respira el Atlético lleva viciado años. Concretamente, el tiempo que los Gil llevan ocupando el trono monacal de un club agasajado por múltiples necesidades históricas.
En el otro extremo de estos ejemplos se sitúan el Villarreal. Con un modelo basado en la sensatez que desde los despachos se ha emanado siempre, es Pellegrini quien dota de esa responsabilidad táctica y deportiva a un conjunto que en sus dos participaciones en Champions ha logrado pasar la barrera moral de los octavos de final. Todo un logro para un equipo cuya sede social es una ciudad de poco más de 40.000 habitantes y que ha sabido aunar un modelo de proyección con la idea de un equipo vendedor. A medio camino entre la estrella y la consagración, el futbolista del Villarreal tiene claro cuál es su rol tanto en el conjunto con la competición que juega. Si a ello se le suma el metodismo y la inteligencia de un entrenador personalista como Pellegrini, el equipo sabe adoptar unos niveles de competitividad que le tienen cuarto en liga y entre los ocho mejores equipos del continente.
Ahora llegan los cuartos de final donde tanto Barcelona como Villarreal tendrán que hacer frente a un pomposo elenco de equipos europeos entre los que, como ya pasó el año pasado, los ingleses copan cuatro de esos ocho lugares más privilegiados. De ellos, tanto Liverpool como Manchester se apuntan a la grandilocuencia del favoritismo. No sólo por nombre u hombres de su plantilla sino por la grandeza que en competiciones así emana de un fútbol preciosista en momentos, pragmático en otras. Arsenal y Chelsea deberán corroborar en la Europa olvidada que los males de la Premier se deben a la imponencia del club de Old Trafford. Entre ellos, un portugués -Oporto- que sabe perfectamente a lo que juega, y que puede aprovechar la flexibilidad, dinamismo y rapidez de su tripleta atacante -Lisandro, Cebolla Rodríguez, Hulk y Lucho- con su experiencia en competiciones de detalles como la Champions. El retorno es el de Bayern que sin hacer mucho ruido ha logrado 12 goles en una eliminatoria que puede devolver a los bávaros a la élite de un fútbol europeo que nunca le olvidó. Los clubes llaman a las puertas del fútbol europeo. Los clubes se juegan algo más que un título. Exportar y triunfar con el modelo diseñado tiene su precio. Llega la gran Champions. La gran Europa.
Llegaba el Manchester a Barcelona como el definitivo acicate de una plantilla azulgrana que ha dejado de creer en sus posibilidades. En el juego colectivo, en la búsqueda de una identidad llamada a marcar época, en la consecución de un ramillete de títulos más amplio que el hasta ahora logrado. En definitiva, el Barcelona parecía llegar a estas semifinales casi sin quererlo. Ante ello, el peor contexto posible lo pintaba el rival: un Manchester United al que nadie se atreve a tildar de inferior en cualquier competición. Formado por un crepúsculo de jóvenes y maravillosos futbolistas que intimidan tan solo con salir al terreno de juego, la Champions League se presenta como el espejo ante el que los ingleses se miran para consolidar este proyecto de cara a un futuro cercano y proyectarlo a un fútbol mundial que se rinde con pleitesía.
Acudir a la frase "El Atlético es así" ha dejado de funcionar como axioma. Hasta entonces resultaba simpática, incluso agradable cuando se debía escudar fracaso tras fracaso en una forma de vida que conducía a un abismo que los atléticos -de cualquier naturaleza- hemos podido saborear. Sin embargo, ese disfraz de perdedor se quedó anticuado cuando la deuda histórica del club ha adquirido dimensiones de ridícula y oscura comedia. Por ello, y al borde del ecuador liguero, con la UEFA y la Copa del Rey en el horizonte triunfante; el equipo ha captado un mensaje enunciado desde el comienzo y plasmado a fecha de hoy. 