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Donde la locura alcanza su sentido

Una llamada y una serpiente blanca

Una llamada y una serpiente blanca

Había perecido en innumerables intentos de conciliar un sueño que le permitiese abnegarse de la cotidiana realidad. Esa que desdibuja el presente más inmediato y nubla el futuro cercano a la proximidad. Pero entonces, el ritmeo incensantes de melódicas campanas no sólo vibró por los rincones de la habitación. Se había convertido en la polifanía que marcaba sus intentos de dormir. Vanos en todo caso. Terriblemente insoportable en su ejecución. Ante el incensante insomnio que se había apoderado de su devenir, las formas para descansar nunca llegaron; los modos para olvidar parecieron perderse. Bajo ningún concepto, una simbiosis hartamente imposible, ilocalizable, nada desdeñable.

Sin embargo, no sólo de infaustas campanas vivía la melancolía apoderada en aquella mañana fría. De él se había adueñado un bucólico llanto interno que fagocitaba por sus tripas, merodeaba por su nariz y atormentaba su cerebro. La malhumorada sensación que dominaba su insomnio en ese momento se agudizó con el hastío que perseguía a cada segundo que pasaba. La ansiedad ya había llamado a sus puertas, la desesperación logró saludar y el frustante cansancio se había acomodado de sensaciones continuas. Entonces las lágrimas blancas que emanaban por todo su interior, mostraban la ruina en que su cabeza exigía convertirse. Era sencillo: no podía dormir, no quería sentir.

Las llamadas telefónicas, sucedidas en clave de desánimo, no lograron aliviar aquellos perennes movimientos inútiles. De un lado a otro, mirando de aquí a allá, pensando en don y en doña, olvidándose de sí mismo. Sólo sobrecogido por una serpiente de color claro -venenosa ante todo- que mutaba su piel en el interior de un cuerpo gastado. Colgó el teléfono y supo que el desánimo se posaba sobre hombros alicaídos, párpados gastados y ojos enrarecidos. Los sentimientos ya se habían desgastado. En ocasiones de no utilizarlos. En otras, de puro maniqueísmo. La utopía del sueño era ya inalcanzable. El alivio tras esa llamada nunca llegaría. Despertó y sólo frente a él, la cruda realidad le mostró en lo que se había convertido. Le enseñó lo que hasta entonces parecía no haber aprendido. Por delante, ahora sólo le queda un tiempo que difícilmente pueda aprovechar. Eso sí, bajo una incuestionable cuestión de gustos, colores y olores.   

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