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Donde la locura alcanza su sentido

Una bofetada de dignidad al fútbol

Una bofetada de dignidad al fútbol

El Levante será equipo de Segunda División el próximo año. Antes o después, el calendario dejará de ser caprichoso para el equipo entrenado por De Biasi y el reloj de arena se vaciará por uno de sus extremos. Entonces la suspicacia del descenso será una realidad para un conjunto que lleva toda la temporada ocupando la última posición de la tabla. De este modo, se ha convertido en mero comodín para el resto de conjuntos que, en la lucha por los diferentes objetivos que tengan, han visto en su enfrentamiento ante el Levante un trámite disfrazado de victoria.

En una plantilla donde las debilidades deportivas o la capacidad mermada de los socios adquiere matices de inocencia, el descenso será la señal inequívoca de un fracaso institucional donde el bajo rendimiento semanal ha llevado al equipo al pozo deportivo y económico que supone la Segunda División española. El reto del ascenso se planteará a partir del 1 de julio con una importante modificación del organigrama deportivo. Hasta ahí todos contentos.

Sin embargo, desde su ataúd, el Levante ha dado a todos un ejemplo de dignidad. Sabedores de la ruina deportiva de la que han hecho gala a lo largo de la temporada, las deudas de la entidad han supuesto una soga para una muerte prematura. En un mundo como el fútbol, nada cordial con la entereza profesional; en un espectro donde jugadores o entrenadores son capaces de disminuir su rendimiento para provocar una mejora salarial traducida en unos muchos millones de euros, un traspaso o resolver una situación coyuntural; o en un Universo donde los ceros millonarios corren detrás de un balón, los jugadores levantinos han dado una lección de humildad a ese todo llamado fútbol, donde el lujo y las cantidades indigestas de dinero se asientan en su sofá para otorgar al privilegio ese adjetivo de trabajador.

Por ello, hoy la pérdida de categoría suena como mal chiste. Hasta hace poco menos de un mes, el descenso administrativo hasta la Tercera División sobrevolaba por las oficinas del Levante mientras los jugadores de la actual plantilla veían como las deudas que tienen con ellos (en algunos casos desde hace más de un año) se agrandaban a costa de la grandilocuencia del ex presidente -y máximo accionista- Pedro Villarroel, quien ha silbado alegremente ante una caótica situación que él mismo ha agrandado después de 25 años en el cargo.

El último lío de esta penosa historia se escribió a principios de febrero. Irritado por entender que se le apartaba definitivamente, cuando el Ayuntamiento de Valencia entró en juego, Villarroel revocó por la cesión de sus títulos a la Fundación Deportiva Cultural Levante - de la que es fundador y en la que ostenta el poder ejectuvo-, que facilitaba la solución final, y recuperaba un poder accionarial cifrado en un 70,3%, más de 87.000 acciones. Es decir, todo como estaba. Este esperpento hizo irritar a la plantilla que vio en el mandatario el único rival posible al que hacer frente una vez que el descenso deportivo se asoma como irremediable.

Mes y medio después la situación ha variado más bien poco. A los jugadores se les sigue adeudando importantes cantidades de dinero, Villarroel sigue paseando a sus anchas por las oficinas del club y de Instituciones públicas en busca de una ayuda externa y el descenso lo cotiza el Levante en trece puntos que irremediablemente supondrán una pesada losa de cara a la salvación. 

Los jugadores del Levante, profesionales de un equipo a camino entre la mediocridad de la Primera División y la eficacia en Segunda, cuyos sueldos suenan a insulto cuando se comparan con los de otros grandes clubes de la Liga, no han perdido la cara en ningún momento siendo los únicos creyentes de que el milagro deportivo de la permanencia nunca se ha esfumado. Pero más temprano que tarde, las matemáticas darán la razón a esta nefasta situación deportiva. Entonces, la Segunda División será una realidad incuestionable. Hasta ese día, la profesionalidad se paseará por los campos de fútbol dando bofetadas de dignidad y de color granota en este loco e incongruente mundo llamado fútbol.

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