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Donde la locura alcanza su sentido

Dudas razonables

Dudas razonables

Desconozco la razón por la que las estrellas mediáticas, esas que adornan sus cuerpos con voluptuosos trajes de corbata y caracol, relucen sus rostros en televisión. Es más, desconozco la razón por la que la televisión se ha convertido en la quimera donde el oro es buscado por esos personajes dibujados de brillante desfachatez. Reclaman su felicidad como pioneros del tecnológico s.XXI. Esos monigotes dicen que todo va bien. Si así lo aseguran habrá que desconfiar.

No alcanzo a comprender el verdadero significado de la expresión crisis financiera, a pesar de mis intentos en anteriores post de relanzar un término manido, calificado como vital en unos momentos donde el capitalismo salvaje se baja los pantalones ante la indecencia que ellos solos han generado. Pobre de mí. Pobre del que quiso aprender algo de mí. El contribuyente mira atónito: guarda sus ahorros y sólo puede generarse a sí mismo un concepto que le despierta cada vez más dudas. Razonables en todo caso.

Pero dejando de lado el aspecto monetario que la televisión y los parqués bursatiles nos pueden brindar, también se escapa de mi lógica (y añado que de la gran mayoría. Absoluta en todo caso) las causas que nos llevan a repetir pensamientos, sentimientos, acciones, errores (crasos) y destierros mentales que juraste no volver a incluir dentro de los presupuestos generales de tu estado anímico. Una vez vencido en tu pulso particular, sólo te queda vigilarte a fondo. El único detective que funciona a estas horas genera cierto temor. Efectivamente, no te resistes al control policial que tu cabeza te establece. Un auténtico desastre. Sales por piernas de situaciones así. Una vez más. Y otra. Y las que te puedan quedar. No me atrevo a aventurar cuántas. Cuesta abajo, cuesta arriba se te hace el caminar. Uno ya elige el momento de detenerse ante el STOP de ocho ángulos (en estos casos, llamémosle octógono). Piensas, reflexionas, miras y continuas. ¿Hasta el siguiente? Sin duda.

Me resulta curioso conocer como un condenado alcohólico, cristiano ortodoxo, filántropo de medio pelo, cantante desgarrado y neurótico adicto a las anfetaminas puede generar un sentimiento musical tremendamente enganchante, terriblemente aséptico y vitalmente infinito. Efectivamente me refiero a Johnny Cash. Con una guitarra, un traje negro y una cicatriz como axioma de una personalidad abrupta, Cash te hace sentir la América profunda en stereo. O en dolby sorround. Cash se te pega a las orejas una música popular que tiene vida más allá de los spaguetti western. Te importa su música. Te preocupa porqué te hace sentirla de esa forma. Podría ser comparado con otros grandes del género, de la música, del arte en definitiva. Sería perder el tiempo. Johnny Cash fue único. Es único. Será único. Ni mejor ni peor. Incomparable en todas sus vertientes. Lo que Norman Mailer a la literatura, Johnny Cash es a este fraudulento negocio de la música. En él quien no corre vuela. O tonto el último. Perfectos en su forma, mediocres en sus modos. Lo fácil es engancharte no a lo que dicen, sino a la forma en la que lo dicen.

Rozando el patetismo, dudo de mi capacidad para encadenar ideas ya no brillantes, sino sencillamente comprensibles cuando te sientas a escribir. Sin la obligación de nada, apareces de repente frente a una pantalla en blanco, con el cursor parpadeando y te enmarcas en un tumulto de gilipolleces que sólo tu alcanzas a entender bajo la virtualización del OK, SAVE, GUARDAR o PUBLICAR. Mientras pienso qué opción escojo, apuras un cigarro y te preparas para enmarcarte en la siempre fácil aventura de dormir. Ahora sólo te queda saber qué clase de onirismo te espera. De lo que no dudas es de que el siguiente STOP está cerca. Afortunadamente, mucho más de lo que creemos.

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