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Donde la locura alcanza su sentido

Crisis

Crisis

Su cara se había tornado de una incredulidad palpable a un desánimo recalcitante. La caída de bolsas, la quiebra de los bancos o el languidecimiento de las colas del paro sólo eran un ejemplo vivaz del choque de realidades al que el capitalismo se estaba exponiendo. Algunos le llamaban crisis. Crisis, esa palabra de recurrencia sutil cuando las cosas salen sólo de una forma un tanto desviada. Esto era una crisis. Sí, pero también era el desplome de un sistema alimentado bajo los adornados lazos que la democracia había puesto. ¿Es la democracia sólo un poder fáctico bajo el auspicio de la economía? Los parqués de la bolsa mandan y los gobernantes sólo pueden aseverar y garantizar el pago de intereses. Paradojas de la realidad. Esa que a veces unos, y otros, se niegan a aceptar.

Ayer había caído Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión más importante en EEUU. Le importaba ya bien poco. De veras. Se había saturado, hastiado, cansado. Llamémosle de cualquier forma que nos pueda dar ejemplo de la situación. A partir de ese momento, sólo quería reflotarse a sí mismo.

No tenía mucho más que decir. Y por supuesto nada que hacer. Llegó a casa, lanzó los dados y el azar quiso que en ese momento todo le diese igual. La fluidez mental de la que había hecho gala, se esfumaba como el agua evaporada. Quería escribir. No podía. Entonces se acordó de la palabra mágica: crisis. El término se había olvidado de acechar a los mercados financieros. Ahora se instalaba en su cerebro. Crisis de algo. De todo. Nada salía exactamente desviado, todo fluía concretamente de manera opuesta. No pudo pensar mucho más. A partir de ese momento, durmió.

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