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Donde la locura alcanza su sentido

Con sabor a anemia

Con sabor a anemia

Siempre se había mostrado demasiado ciclotímico para un ritmo vital que no le permitía conjeturas de ninguna o dudosa índole. Siempre había otorgado al beneficio de la duda un estado emocional para nada acorde con una mirada serena, fija, insultantemente estructurada en sus ideas, en convicciones disfrazadas a menudo de espinosos matices. Sin embargo, esta vez había degollado por completo el único reducto de felicidad que le quedaba: ese que alguien le había otorgado, aquel que siempre había sentido arrebatado.

Pensar en el mañana le asfixiaba. Nunca había sufrido irrisorios ataques de ansiedad, pero ahora su respiración se entrecortaba cuando pensaba en vitalizar su existencia. Sus fosas nasales ardían y cerraban el paso a la salida de aire. Cuando intentaba expulsarlo creía tener los orificios taponados con polvo fino, manchado, encandecido de una propia insuficiencia que le ahogaba. En lo físico y en lo psicológico. Aunque no podía hacer nada, no aguantaba imaginársela desnuda frente a otro. No soportaba saber que subastaba su cariño a otro mejor postor. Su estómago rezumaba ardor, su voz emitía sequedad. Dos botas pirenáicas galopaban por todo su cuerpo sólo de saber que esa inimaginable realidad era algo más que un disfrute ajeno. Era la percepción de un pasado inigualable, de un presente desconcertante, de un futuro inexistente.

Él había alcanzado el vacío espacio de la soledad. Entonces, buscó la perspectiva. No la encontró. Como un caballero, sólo le quedaba despedirse, no sin antes recordar todo aquello: el sabor a óxido, a hierro, a anemia. Él había dejado dejado de montar en la infructuosa noria de la ciclotimia. Él era venas, era nervio, era desesperación, era decadencia. En sus manos tuvo un imperecedero camino a la salvedad pero no supo dejar garbanzos que le guiaran hacia ella. Quiso pero no pudo, pudo pero no quiso. Sólo abogaba en desangrarse por dentro. Por fuera, lloraba pero no tenía lágrimas, reía pero no hacía muecas, buscaba consuelo sin encontrar sedación. Había admitido que la canción dejó de sonar. La triste melodía glorificó al silencio. Sólo entonces pudo respirar tranquilo. Sólo entonces, supo que ya era demasiado tarde.

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1 comentario

Javi -

Muy bueno, en tu línea Josute.
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