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Donde la locura alcanza su sentido

La felicidad a, a, a, a, a, a, a, a, a, a, a, a

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Uno nunca sabe cuando está amarrando la felicidad para retenerla sin la letra pequeña de un contrato sin vigencia legal. En ocasiones la llegamos a palpar con la yema de los dedos otorgándole una confianza que no sabe admirar, provocando en ella la espantada. Entonces sólo queda esperar al siguente descanso que realice a tu vera para poder disfrutar de ella el tiempo que te otorgue. En otros momentos, somos nosotros mismos quienes, con unos actos que nos desnudan ante ella, le damos la patada para que se busque a otros compañeros de viaje, dejándonos huérfanos de su consejo. De vez en cuando, somos felices.

La felicidad siempre disputa los partidos en su terreno de juego con todo lo que ello conlleva: público a favor, arbitrajes injustos y una actitud defensiva descarada por parte del rival, en este caso nosotros. Así, tenemos todas las de perder. Sin embargo, en nuestro forzada necesidad de encontrar la felicidad, la búsqueda trae consigo una serie de factores que nos otorgan pedazitos. Poco a poco el puzzle se va conformando y en ese camino vamos conociendo la satisfacción que otorga el dulce sabor de ser feliz. 

Por ello, la sensación de felicidad nos sobrevuela sin que logremos convencerla de que duerma esa noche junto a nosotros. Amanecemos sin saber cómo hacerle entrar en razón para que los múltiples factores que la/nos engloban se unifiquen. Es a partir de ahi cuando no tenemos ningunda duda de categorizar.

-Sí, soy feliz -piensas.

-¿Hasta cuándo? -replica.

Sabes que es hasta el momento que ella quiera. Hija de puta.

Dicen que lo bueno si es breve es dos veces bueno. Y yo aseguro que ser feliz, si es breve, no es bueno. Es una mierda.

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2 comentarios

Laura -

Muchas gracias.

Sergio -

Procura no pensar en ella. En la felicidad, digo. Cuando se siente nombrada, huye la muy cobarde... Un abrazo.
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