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Resumen
- 11/10/2008 02:40 - Dudas razonables
- 28/10/2008 01:03 - Felicidades
- 30/10/2008 08:36 - El periodismo sí es para cínicos
Dudas razonables

Desconozco la razón por la que las estrellas mediáticas, esas que adornan sus cuerpos con voluptuosos trajes de corbata y caracol, relucen sus rostros en televisión. Es más, desconozco la razón por la que la televisión se ha convertido en la quimera donde el oro es buscado por esos personajes dibujados de brillante desfachatez. Reclaman su felicidad como pioneros del tecnológico s.XXI. Esos monigotes dicen que todo va bien. Si así lo aseguran habrá que desconfiar.
No alcanzo a comprender el verdadero significado de la expresión crisis financiera, a pesar de mis intentos en anteriores post de relanzar un término manido, calificado como vital en unos momentos donde el capitalismo salvaje se baja los pantalones ante la indecencia que ellos solos han generado. Pobre de mí. Pobre del que quiso aprender algo de mí. El contribuyente mira atónito: guarda sus ahorros y sólo puede generarse a sí mismo un concepto que le despierta cada vez más dudas. Razonables en todo caso.
Pero dejando de lado el aspecto monetario que la televisión y los parqués bursatiles nos pueden brindar, también se escapa de mi lógica (y añado que de la gran mayoría. Absoluta en todo caso) las causas que nos llevan a repetir pensamientos, sentimientos, acciones, errores (crasos) y destierros mentales que juraste no volver a incluir dentro de los presupuestos generales de tu estado anímico. Una vez vencido en tu pulso particular, sólo te queda vigilarte a fondo. El único detective que funciona a estas horas genera cierto temor. Efectivamente, no te resistes al control policial que tu cabeza te establece. Un auténtico desastre. Sales por piernas de situaciones así. Una vez más. Y otra. Y las que te puedan quedar. No me atrevo a aventurar cuántas. Cuesta abajo, cuesta arriba se te hace el caminar. Uno ya elige el momento de detenerse ante el STOP de ocho ángulos (en estos casos, llamémosle octógono). Piensas, reflexionas, miras y continuas. ¿Hasta el siguiente? Sin duda.
Me resulta curioso conocer como un condenado alcohólico, cristiano ortodoxo, filántropo de medio pelo, cantante desgarrado y neurótico adicto a las anfetaminas puede generar un sentimiento musical tremendamente enganchante, terriblemente aséptico y vitalmente infinito. Efectivamente me refiero a Johnny Cash. Con una guitarra, un traje negro y una cicatriz como axioma de una personalidad abrupta, Cash te hace sentir la América profunda en stereo. O en dolby sorround. Cash se te pega a las orejas una música popular que tiene vida más allá de los spaguetti western. Te importa su música. Te preocupa porqué te hace sentirla de esa forma. Podría ser comparado con otros grandes del género, de la música, del arte en definitiva. Sería perder el tiempo. Johnny Cash fue único. Es único. Será único. Ni mejor ni peor. Incomparable en todas sus vertientes. Lo que Norman Mailer a la literatura, Johnny Cash es a este fraudulento negocio de la música. En él quien no corre vuela. O tonto el último. Perfectos en su forma, mediocres en sus modos. Lo fácil es engancharte no a lo que dicen, sino a la forma en la que lo dicen.
Rozando el patetismo, dudo de mi capacidad para encadenar ideas ya no brillantes, sino sencillamente comprensibles cuando te sientas a escribir. Sin la obligación de nada, apareces de repente frente a una pantalla en blanco, con el cursor parpadeando y te enmarcas en un tumulto de gilipolleces que sólo tu alcanzas a entender bajo la virtualización del OK, SAVE, GUARDAR o PUBLICAR. Mientras pienso qué opción escojo, apuras un cigarro y te preparas para enmarcarte en la siempre fácil aventura de dormir. Ahora sólo te queda saber qué clase de onirismo te espera. De lo que no dudas es de que el siguiente STOP está cerca. Afortunadamente, mucho más de lo que creemos.
Felicidades

Salió huyendo en busca de una responsabilidad presentada entonces como necesaria, acorralada, ultrajada. Como la morfina, que aturde y esconde la lógica imperante que nos embellece, esa válvula se convirtió en una obligación para él. Todo lo contrario a salirse de la senda diseñada en aquellas noches, suponía azuzar un estado de las cosas que había dejado de reaccionar. Se configuraba como el termómetro que medía una situación difícil, rara, diferente, incómoda. Enfrentarse a ello demostraba las entonces insalvables diferencias dibujadas en las bonitas caras de ambos: la noche y el día, Page o Zappa, el pragmatismo o lo idílico. Eran pensamientos y discusiones en las que creían germinar algo concreto. La realidad demostró lo contrario: habladurías futiles y estériles. No obstante, parecía hasta gustarle. Y eso, cuanto menos, es de valorar. Pero entonces eran más sanos, quizás más guapos, y seguramente más inteligentes. Tiempos de complicados pensamientos para fáciles decisiones.
Comenzó a recoger sus cosas de un viejo armario, apolillado, sin bichos pero con olor a una vejez que entonces se posaba sobre sus hombros. Sabía que hacía lo contrario a lo que a veces su cabeza le dictaba. Proyectado tras las palabras dictadas por ella, esa sensación de inseguridad le invadía por momentos. Esas ideas se cargaban de un convencimiento alejado de una realidad fácilmente identificable. Ya mimetizada a través de una esfera inalterable y acelerada, de poco o nada cumplían en ese choque de objetivos, muy distantes por cierto.
Entre el tumulto textil, adornado por un aroma algo pueril, descubrió una liviana nota que resumía a la perfección la melodía que -su vida en general, su pensamiento en particular- podía entonar. Comenzó a leer, recobrando a partir de entonces el sonido de una canción que se ajustaba al contexto presentado en esos momentos, vivido con el empuje que la desesperación y la falta de tiempo les invitaba. Sobreseído el caso en cada una de sus múltiples líneas, se detuvo a leer, a pensar, a desesperar.
16 de septiembre
permite que te invite a la despedida
no importa que no merezca más tu atención
así se hacen las cosas en mí familia
así me enseñaron a que las quisiera yo
permite que te dedique la última línea
no importa que te disguste esta canción
así mi conciencia quedará más tranquila
así en esta banda decimos adiós
...y al final
te ataré con todas mis fuerzas
mis brazos serán cuerdas al bailar este vals
...y al final
quiero verte de nuevo contenta
sigue dando vueltas
si aguantas de pie
permite que te explique que no tengo prisa
no importa que tengas algo mejor que hacer
así nos podemos pegar toda la vida
así si me dejas no te dejaré de querer.
Un tiempo después, ese fragmento bucólico, emanuense, aburrido; no había perdido, sin embargo, ni un ápice de sabiduría de aquello que quería decir. Un tiempo después, él no era una estrella del rock and roll, ni siguiera un cometa pasajero. Sabía que los vasos comunicantes entre ambos eran ya nulos, encontrando la fragilidad de las redes para algo así.
Aunque ya son dos barcos sin rumbos, hoy son dos marionetas que van persiguiendo una luz cegadora. Él, sigue sin encontrar sentido a un enigma que no le deja existir. Ella, sabe lo que el hombre espera. Todo ello, sin haberlo aprendido, y claro está, si los nervios se lo permitían. FELICIDADES.
El periodismo sí es para cínicos

En un ejercicio de irresponsabilidad, todos hemos sumergido al periodismo en un subterfugio de intereses, en el que el beneficio cobra el primer, y único, interés de los poderes fácticos que lo emplean por y para su mejor beneplácito. Éste es, entiéndase, como la maximización de los ingresos que sus diferentes negocios les reporten. Y ante él, los medios sólo pueden ejercer esa visagra que se consagra junto a la cabecera de turno. El mensaje se evapora, el mensajero puede morir. Poco importa cuándo, y en qué cantidad, interesa aún menos. Los medios cobran relevancia para ejecutar ese manido tráfico de intereses que el cacique, el terratiente, el oligarca o el mafioso de turno pueden y quieren llevar a cabo. Y ahí se sienten cómodos, sin duda.
Objetivos económicos sí. Pero no los únicos. Los medios de comunicación -en general-, y de información -en particular- apuntan y disparan para su consecución. Los grupos editoriales se configuran como grandes espectros sociales que alimentan el tráfico de palabras o ideas. Nunca para hacerlo con la verdad. Y si la hay, es esa que no pueda molestar, con la que pueden traficar. Porque el despotismo es así: está llena de hombres y nombres enjutados en su propia desfachatez y camuflados bajo estrechos nudos de corbata. Desgraciadamente, abundan en los medios de comunicación.
Desconozco el pecado que para con el periodismo hemos cometido, pero la enfermedad que padece es grave. Parece que todos los que estamos jugando con su contenido, con su forma y con su fondo nos hayamos acostumbrados al trapicheo barato de la noticia. Desde la propia Universidad es desde donde se viene abajo la estructura informativa, la calidad periodística, la valoración noticiosa. Desde las redacciones es donde se ahogan las necesidad de querer contar lo que desgraciadamente no se puede contar. Mientras, en los despachos, ríen, se asustan, y nos liquidan. Hay cosas que no se pueden decir. "Maldita sea, no eres objetivo", sollozan.
La objetividad no existe. Nunca existió y me niego a exista en algún momento. La objetividad sólo es un invento del dinero a través del cual se pretende justificar frases inconexas, ingrávitas e inválidas para aportar absolutamente nada. Frente a ello, la veracidad y la honradez buscan un protagonismo perdido ante la inexactitud que representa la objetividad. Todos creen saber de objetividad, todos piensan valorar la objetividad, todos aseguran conocer la objetividad. Incierto. Nos amparamos en la objetividad para no contar verdades, para no molestar e incomodar. Pero la objetividad no se basa en una línea recta sobre la que tengamos que caminar para elaborar una información. Ahí es donde comienza a desviarse la relación causa-efecto que el periodismo, entre otras cosas, debería llevar intrínsico.
Este requiem es para una profesión en coma, enferma de poder, de éxito, de ego, de víboras desposeídas de valor. El periodismo como profesión no se ha contagiado por cuenta ajena. Han sido otros los que la han llevado a un coma del que es difícil que salga, acorde con los valores que se estilan en los pomposos despachos conjuntos a las redacciones. El periodismo no cambiará a corto plazo, porque sencillamente es rentable. Kappucinsky decía que este oficio no es para cínicos. Discrepo: está hecho para ellos. Para cínicos que utilizan en su propio beneficio el uso de la información, el derecho a la (su) verdad, los intereses creados. Para ellos, el periodismo actual está hecho a la perfección, tiene una marca definitoria que no admite ni discusión, ni un matiz de modificación. El periodismo ha muerto ¡Viva el periodismo!
P.D: A Carlos Otto, el polémico.

