Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2009.
Resumen
- 04/02/2009 07:04 - La crisis había llegado a los niños
- 05/02/2009 08:13 - Ilusiones en aquella calle que no tenía aparcamiento
- 13/02/2009 08:32 - Gracias
- 22/02/2009 11:09 - La delgadez de Lucas
- 23/02/2009 08:05 - Canción
- 24/02/2009 07:42 - Palabras de aquí, motivos de allá
- 27/02/2009 02:07 - Los cuentos que yo cuento
La crisis había llegado a los niños

El local tenía unas dimensiones idóneas para que un negocio de ese tipo fructificase. Era amplio, espacioso, milimétricamente organizado, aireado y de cara a unos consumidores que pasaban diariamente por él. Junto a su perfecta ubicación, en la fachada podía leerse un cartel que rezaba Se organizan fiestas de cumpleaños o eventos lúdicos infantiles. Interesados llamar al teléfono aquí descrito o preguntar dentro. En el interior no había nadie, lo que nos lleva a sobreentender que nadie celebraba entonces su cumpleaños o nadie tenía algún motivo lúdico para adquirir aquel otro local ofertado. La realidad era que dentro nunca había nadie. Ni entonces, ni en días de aniversario.
Ese reiterante vacío físico del interior constataba con la cara que aquel dependiente tenía. De una avanzada edad, parecía que la apertura del negocio era el último reducto al que se había agarrado aquel hombre apagado, de carácter apacible, callado pero sonriente ante el paso vecinal. Nuestro personaje, un dependiente del traicionero pequeño negocio, nunca mostró satisfacción ante nada ni ante nadie. Sólo la imperfecta forma de su boca contrarrestaba con su modelo de negocio. Con sólo media dentura en cuasi buen estado, las caries acompañaban las palabras que sus labios pronunciaban.
Paradojas del buen vivir, aquel caballero de dentadura irreconocible regentaba un negocio de chucherías, aquellas comidas intemporales que mamá nunca permitía adquirir libremente pero que alguien creó como premio a la buena educación, a las mejores notas y a la satisfacción del festejo. Sin embargo, aquel hombre nunca logró atraer la atención de madres reticentes a comprar gominolas. Ni de ellas, ni de niños escapados del brazo maternal para saborear el placer de la glucosa industrial.
Desconozco la razón por la que la clientela rehuía de aquel simpático negocio. Parece que el crédito se había agotado hasta satisfacer el deseo de niños hambrientos de imperecederos productos. Las reticencias hacia el consumo sólo vienen descritas por el miedo hacia la crisis. Parecía no sólo afectar a inversores, trabajadores de una clase media desangrada o parados sin la esperanza olvidada. La crisis había alcanzado, y robado, la mayor ilusión que una imagen nos enseña: la sonrisa de un niño ante la adquisición del dulce sabor. Eso que lleva a la desilusión del pequeño por el caramelo robado. A partir de ese momento, quizás era más fácil comprender porqué aquel vendedor nunca reía.
Ilusiones en aquella calle que no tenía aparcamiento

Busco todo lo contrario a lo que un desconocido futuro me deparará, pero aún sin descubrirlo, no quiero esto. Recorro de un vistazo un pasado productivo: argumentado con matices, presentado con alegaciones, solapado con el desconocimiento. Entonces comprender un presente atormentado, descolocado, somnoliento; parece más sencillo cuando el status quo de las cosas se arrima a nuestros brazos para acogerse con comodidad.
Ya no necesito mirar detrás de la puerta. Ni imaginar con el placer que volverá. Sólo puedo soñar con el soplo de palabras. Eso sí, a modo de susurro. Ahora observo sin hablar, callo sin molestar, acepto sin enfrentar. Ignoro la contradicción, valoro el atrevimiento. Las miradas se cruzan como un puñal distante, amenazante; nunca sangrante. El espacio abierto se contrae frente a mis ojos, los que reflejan que la libertad quedará minada ante advenedizos pensamientos. Aquellos que añoras, y deseas, pero vacías sobre contadas raciones. Vuelvo a retomar viejas conspiraciones apocalípticas que anuncian el reflejo de uno mismo. De lo que soy, de lo que en otro momento aspiro a conquistar como colinas cada vez más alejadas.
Desprecio a los mediocres, a los poderosos, a los ajustados y enjutados encorbatados. Odio a perfectos, a los que nunca se equivocan. A los que si lo hacen no saben reconocer su derecho a ello. A los vengativos, que actuan como acicate para con otro. A los que no entregan un guiño cómplice como fruto del mercadeo personal. No dan, pero tampoco dejan recibirlos. Caprichosas manías que no merecen ni un sólo gesto de complicidad. Odio quererte, echarte de menos. La extravagancia arrebata la intimidad, la irreverencia presta libertad. Desconfío del celoso, del mentiroso, del cobarde. Desconfío del eterno ganador, de los perennes soñadores, de los recuerdos analizados, de mí mismo. No votaré jamás a quién piense por mí, quién reze por mí, quién actúe por mí.
Ahora el retorno quedará lejos. Varado de una realidad que nunca fue palpable. Mientras,las palabras retomarán su significado cuando la verdad acuda en su rescate. El balbuceo no será sencillo, por lo que hasta que encuentre sentido a ello, el largo camino invitará a pensar, a amar, a aceptar. Hasta entonces, me canso, me burlo. Disculpe quien me tome por loco.
Gracias

A todos aquellos que algún día dejaron de confiar en mí. Creyendo hasta entonces varadas palabras que sonaban a vacío. Sólo entonces pude comprender desafíos, obligaciones, responsabilidades. Quizás algún día puedan ser satisfechas. Gracias por alcanzarme cuando salí corriendo a la búsqueda de imperfectos sueños que posiblemente nunca lleguen a cumplirse. Gracias por otorgar el beneficio de la duda cuando la duda se presenta como acusación particular. Gracias por rescatar recuerdos, por apoyar historias, por escuchar manias. Gracias a aquellos que tejen melodías y palabras. Gracias a aquellos que retiraron sus pistolas, reflejadas como el miedo que acecha con letanía y proximidad.
Gracias por hacerme ver la noche como axioma de la soledad. Entonces si las voces duermen, comienzo a desesperarme. La tranquilidad como enemigo de multitud de pensamientos. Garcias por presentarme al abismo. Gracias por teñir el escenario de pesimismo, por burlar el desaliento con un fino movimiento. Gracias por desconfiar, acusar, por manipular. Por no escuchar, por no pensar, por llegar hasta aquí. Gracias por apartar, por dejar de ser musa. Entonces el héroe pierde la inspiración. Gracias si ahora disfrutas, si algún día gozaste, si mañana vuelves de llorar. Gracias por inspirarme desconfianza: no en tí, sino en mí, en el prójimo. Gracias por rechazar mentiras, por apoyar especulaciones. Gracias por dejar que el destino se ría de mí. Gracias por invitarme a esta despedida. Gracias por aprender los lazos del institito. Porque en algún momento los días fueron profesores. Gracias por subrayar los múltiples defectos, por rememorar viejos trazos seguramente mal dibujados. Gracias por sumir la normalidad en desencuentro, la esperanza en hastío. Gracias por convertir la discusión en arte.Gracias por recordarme que las cosas pierden algo de valor sin críticas enfutadas, maniatadas, reiteradas.
Pero sobre todo, gracias a tí. Por inspirarme a escribir un texto así: duro, desesperanzado, desalmado, gélido, rancio. Cuando la reiterada coyuntura siempre se convierte en nuevo desafío. Cuando una reflexión embauca mil ideas. Ante ello, sólo puedo estar complacido. Lo dicho, gracias.
La delgadez de Lucas

Como venía siendo habitual durante las últimas semanas, Lucas no podía levantarse. Las sábanas de su cama servían como una fina maraña de la que no podía despegarse. Su animadversión hacia lo que fuera le esperaba, le convertían en objeto de tenencia a la hora de finalizar el descanso. No podía atardecer, pero tampoco quería. Su escaso interés por un mundo, del que cada vez se alejaba más, no era una coincidencia ante tal acción. Para él, el estado de las cosas había adquirido una magnitud casi peyorativa. En todo caso, infausta para retomar una felicidad olvidada.
En aquel invierno del 84, las televisiones que poco a poco se establecían en la cotidianidad diaria mostraban la cruda realidad de un Oriente Medio que se desangraba. Iraníes e iraquíes se mataban instigados por la irracionalidad de Saddam Hussein, EEUU y la URSS usaban sus últimas cápsulas de miedo en la cada vez más tecnológica Guerra Fría. La amenaza de una guerra nuclear daba paso a una guerra de las galaxias cuasi irrisoria donde Reagan ya visitaba Pekín para unir las redes del futuro capitalismo. Las calles se vaciaban gracias a los devastadores efectos de la heroína. Jóvenes desilusionados y desesperanzados con un presente inocuo y un futuro inexistente. Pink Floid arrasaba en ventas con una psicolodelia rockanrollera que nunca llegaría a entender.
Por entonces, a Lucas se le acababan las fuerzas por la noche, aquellas que el sol vagamente le otorgaba. La noche se ocultaba en su quehacer diario para robarle parte de su intimidad. La noche era sinónimo de soledad, de vacío, de oscuros recuerdos. La noche era su amante traidora. Hasta que la noche no desaparecía, Lucas no participaba de una normalidad responsable, esa que añoraba. Hasta ese momento, Lucas sólo podía exigirse a sí mismo lo que la coyuntura le otorgaba. Utilizaba la mentira como escudo del cinismo. Como protección para no hacer daño, para ocultarse ante imposiciones absurdas, ante pensamientos equívocos, ante realidades inexistentes. Aquellas que alguien había visto en él y que no podía desmontar con la verdad. Lucas empleaba la mentira como axioma de la racionalidad. Que idiota.
El túnel en el que se encontraba no mostraba ni un solo pequeño ápice de esperanza, ni una mínima pista de luz en donde la oscuridad emergente servía de acicate para no salir de la cama, para no pensar en el prójimo. La mayoría de las veces también le servía para no pensar ni en si mismo. El tiempo que debería pasar para normalizar su inexistente personalidad era la lucha cotidiana a la que tenía que hacer frente. Ese tiempo estaba venciendo ante el devenir de los minutos, horas, días. Lucas era venas, pero también era sangre. Era llanto, era lágrima. Era el rithm y el era el blues. Lucas en sí mismo era soledad. Aquella que se había apoderado de su dietario. Aquella que se reflejaba en masturbaciones esporádicas. Atravesaba los peores momentos de una vida que siempre consideró, cuanto menos, correcta. La alianza emocional que Lucas pretendía trazar duraba instantes, se sustentaba a través de los finos hilos de la que se componía. Esos que le acercaban a una realidad indeseada.
Encontrarse con aquella amiga común no sirvió para aliviar tempestades, para espantar miedos, para paliar nervios.
-Donde habita el olvido-le dijo en un momento de aquella rápida conversación.
El olvido no podía formar parte del recetario para abandonar el cataclismo emergente en el que residía. El olvido se conjugaba con la soledad, con el inesperado rumbo que las circunstancias habían adoptado. El olvido tan sólo era un motivo más para no salir de la cama. Ella quería ya convertise en un vago recuerdo. Él quería convertirla en un recuerdo presente. En definitiva, como lo que hasta entonces había sido. Desde el primer día, la soledad estaba enfadada con el olvido al que parecían haberse abocado el uno al otro. La soledad tan sólo era un síntoma del olvido imposible del que Lucas hacía gala. La soledad como el aire que desestabilizaba su castillo de arena.
Lucas contradecía a Casariego. El flaco cada vez más flaco. El hombre delgado cada vez más delgado. El hombre abandonado a una especie de propia suerte que sólo su soledad parecía acoger. El hombre delgado que no podía levantarse de la cama. El hombre delgado llevaba ya un tiempo flaqueando.
Canción

Yo no soy estrella del rock, ni tampoco un cometa pasajero. En todo caso un lucero cantaor, ya triste y apagado. Ante eso sólo queda ya cantar. Cantar contra quienes no tienen, cantar por quienes mueren, cantar contra las prisiones, lentas ejecuciones. Todo ello aderazado bajo el ritmeante compás de esa imagen del cantante. Canta por tus desilusiones, por mis miedos. Para esperanzarte con el mañana, para no olvidar el ayer.
Canta por mi muerte, por mi inmovilidad, por tus desilusiones. Canta para que la luna no se convierta en una oportuna cámara oculta, esa que te vigila y en las noches de aventura te desnuda. Canta si tu tejado se te hunde encima y te aplasta, atorando los escombros tu garganta. Cantaste cuando quisiste gritar. Entonces sí te podrán escuchar. Sin embargo, recuerda que pudiste callar, pero quisiste hablar. Pudiste llorar, pero entonces vengar fue lo más fácil a la hora de desahogar. Estudiado el odio y sus defectos, canta por el amor, que tampoco es perfecto.
Canta para que vuelva el lobo del cuento, para que sople y de nuevo todo comience, todo pueda ser rescatado. No olvides cantar por el odio a la violencia. Generada por las dichosas banderas de siempre. Canta para que se vuelvan a oir gritos de libertad en los paraísos de sentimientos dormidos. Canta para calmar mi dolor. Canta para que si llega mi muerte sea antes del amanecer, para pillarme dormido. Canta para que los sentimientos sigan dormidos. Canta porque si callo, olvido.
Si cantas que no sea sólo por tí. Las horas ya marcan el tic,tac,tic,tac. Ahora ya sólo te queda saber cuánto tiempo te queda. Cuándo llegará el próximo castigo, el siguiente indulto, dónde aparcará tu destino. Lo sepas cuando lo sepas, no te olvides de cantar.
Palabras de aquí, motivos de allá

Escribes para olvidar. Sin embargo, necesitas recordar cada uno de los pensamientos que te ahogan, que te brotan, que subyacen desde un punto de no retorno. Entonces la imaginación apunta, la conciencia dispara y las palabras fluyen para eregirse como vocero de lo que somos, de lo que soñamos, de lo que detestamos. Historias de amor y de humor suscritas sobre un estado de ánimo traicionero, aquel que casi nunca refleja lo que deseamos ser. Aquel donde verdaderamente nos encontramos.
Escribes para señalar. Apuntas con frases aromatizadas de perennes recuerdos, de conciencias olvidadas, de futuros varados. Tu tristeza se traduce en las sílabas que emanan de tus sentimientos, de tu cabeza, de tus dedos, de estas teclas. Tu alegría se evapora a la vez que sabes que este presente no cuenta con vasos y besos comunicantes. Cuando dejas de sentir una simpatia natural y espontánea hacia las cosas extraordinarias es cuando las letras que aquí dejas, sirven para guiar al explorador que perdió la brújula y el mapa.
Escribes para recordar. Para buscar explicaciones, para hallar respuestas a ese instante que golpeó tu devenir, que glorificó tu inexpresividad. Machacas las teclas que muestran la insoportable incertumbre que te rodea, la inestabilidad que te amenaza. Tu expresividad parece insignificante. Esas frases descritas se convierten en tu única aventura, en tus escasos relatos, en tu ciclotímica novela, en desesperados ensayos, en agrios epítetos. Dejas esta descripción a la espera de algo mejor. La soledad es un lugar vacío sin ella.
No escribes para llorar. Sin embargo, las letras son esas lágrimas que no pueden fluir. Abordas situaciones que no alcanzas a comprender, que valoras con recordar, que sigues sin entender. Inventas parapetos donde nunca estarás. Historias en los que aquel instante fue milimétricamente pensado, concienciadamente estudiado. Llevado a su terreno, alcanzado por la ira, la venganza, el deseo. Historias donde aquella decisión buscada por otra persona se convirtieron en novelas nunca narradas. En donde las palabras balbuceaban por el rencor presentado. Los personajes parecían no buscar el placer, más bien añoraban el error como un deseo buscado y encontrado.
Por eso ya no dejas de escribir. Por todo aquello que quisiste decir, que no supiste explicar, que no mereciste escuchar. Prometes no dejar de escribir sabiendo que nunca aceptarás la derrota. Por mucho que tengas que decir sabes que una palabra mas rotunda que otra no te otorga ni un gramo de verdad. Escribes porque el folio se convierte en ese enjambre que te permite reflejar todo lo que necesites abordar. El reflejo de lo que pisas y tocas. Necesitas escribir para encontrar explicaciones inaltarables, para soñar con situaciones más que variables, para inventar historias nunca comprobables. Ahora sólo queda coger tu pluma, marchar con las letras a otra parte, donde cada instante pase a ser una hora sagrada, y retomar ese relato inoportuno que te sirva de vacuna.
Los cuentos que yo cuento

Esa llamada que se presenta como una tentación que aborda desde lo irresistible hasta lo necesario. Pasar de un segundo a un siglo con un solo paso. Una inetabilidad perenne que merodea tu estómago como las botas de un alpinista, como esas pistolas de Warhol sin munición ubicada tras de tí. Aquella grieta que se reabre en tu estado emocional. Aquel relato de Boudelaire que ejemplifica la soledad de tu destrucción. El motivo de alcanzarte, de no ubicarte, de desesperarte. Argumentos futiles y anudados sobre el vacío o la inutilidad. Esa seguridad en uno mismo que se viste de Rey derrocado. Preferir entre la guerra u otro invierno sin tí.
Tráficantes de estampitas que hacen su agosto en el supermercado. Adolescentes que comen pastillas de colores, hastiados de tiempos modernos. Hay tanto idiota ahí fuera. Y tú mientras te mueres por decirlo. Atardecer y pisar sobre arenas movedizas. Bobalicones que desean el amanecer como el alfa y omega de lo que nunca serán. Aquella mirada perdida que esconde la pedantería de la que hacen gala. Compra una máscara antigas y mantente fuera de la ley. Llegar a la farmacia y preguntar si tienen pastillas para no soñar.
No sabes cual es la medida hasta que todo termina. Nunca sabes decir basta, creyendo que no haría falta. Ahora necesitas algo más. Aseguras que te has desenganchado. No es cierto, se te nota al andar. Por qué la mentira vale más que la verdad. No le ofreces la luna, crees que es suficiente con perecer a la sombra de algún sauce llorón. Ninguna decisión sin calcular. Pensar que sería absurdo. Cuestiones indomables, tardías e irrevocables. La respuesta no se asienta claramente. ¿Dudar? Quizás. Ahora ya lo tienes claro: Los cuentos que yo cuento acaban tan mal...

